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Ropas en una esquina perdida y libre de la alcoba descansaban goteando agua de la lluvia que Melanie y Dean habían llevado consigo hasta su hogar. Melanie sin tela alguna sobre su cuerpo, Dean idem; ambos enredados en las sábanas de seda turquesas pastel con la contrastada diferencia de que Melanie dormía plácidamente boca abajo sobre una cama no poco grande. La blanca espalda de Melanie subía y bajaba inocentemente con el ritmo continuo de su respiración, su pelo enredado, al estar aún húmedo, estaba esparcido por toda la almohada del mismo color que las sábanas.
Dean se deleitaba todos los sentidos con esa estampa que su bella flor la ofrecía: La vista con su lustrosa piel y su esbelto cuerpo, perfecto e infantil en ocasiones; el olfato con su agradable aroma mezclado con la fría lluvia del cielo parisino de esa noche; el tacto por las formas de las vertebras de su columna, la suavidad de su finita piel y el palpitante rombo lila que cruzaba su dorso, brillando cálido bajo sus dedos; el gusto por besar con ínfimos roces sus hombros, mejillas comisuras de esos labios; el oído estudiando su respiración, memorizándola por millonésima vez...
El verde color de los ojos de Dean se intensificó y y las tinieblas del aro negro de su alrededor quedaron realzadas y calmadas en contraste con su verde puro, sentimientos intensos que compartía con ella... Su sonrisa era tan inhumana, tan poderosa y con tanto alcance, que un par de pájaros posados en el alféizar de su ventana, huyeron.
Así, el silencio sumió a Dean en su oscuro deseo y, al tiempo, brillante paraíso como era la pequeña y tierna Melanie, siempre presa de sus útiles trampas mentales. Esa risa tan peculiar y suya, colmó el aire de amor macabro pero encantador.





Azael respiraba acelerado sumido en los ojos de Aurora, de un celeste tan claro que parecían albinos, con una encantadora sonrisa, su frente contra la de ella. Ella también sonreía, con resquicios de las risas apoyada en una de las paredes de los almacenes observándole con increíble atención después del juego que acababan de terminar. Azael se distanció lo suficiente para verla entera ante él y su entorno más inmediato.
Aurora, con su sedoso cabello de varias tonalidades de lila y violeta, totalmente liso; yacía con su blusa de satén negro con varios botones superiores e inferiores abiertos, mostrando su blanca piel. A su alrededor, no había más que cristales y objetos rotos añadido al grupo de humanos que aún temblaban traumados en la esquina del almacén.
Azael no pudo contenerse y atrajo hacia sí a Aurora, después de recomponer su ropa, y abrazarla con fuerza, enterrando su rostro en su cuello mientras desaparecían del lugar entre oscuridad. 
Aparecieron en el inmenso salón de su hogar donde no había nadie. Azael corrió a cerrar la puerta y entre risas encendió la costosa cadena musical, donde comenzaron a sonar las notas del Tango Triste. Aurora reconociendo al instante la melodía, se descalzó acercándose a él para bailar. 
Ella se puso de puntillas para alcanzar, medianamente, su altura, y dicho acto la otorgaba, aún más si era posible, más belleza, un cisne blanco, celeste y violeta.
Con una amplia sonrisa, Azael acopló más a su cuerpo a su pequeña flor, sumiéndose en la armonía del salón, su aroma, calidez y amor.